La iluminación, el ambiente, la sensación
Gabriel Ordeig Cole, 1985.
Hablar en términos generales de temas complejos es difícil. Y en el caso de la luz, esa presencia tan inmediata y palpable por un lado y tan vaga y difusa por el otro, se convierte en algo complicado. Es preciso, pues, empezar por describir los mecanismos físicos mediante los que, efectivamente, la vemos.
Aproximadamente el ochenta por ciento de las impresiones sensoriales humanas son de naturaleza óptica. Hablar de luz, por lo tanto, es hablar de qué modo el hombre ve y de la importancia de la luz, sea natural o artificial, como vehículo de información para el desarrollo de cualquier actividad humana.
La luz es la sensación producida en el ojo por las ondas electromagnéticas. Estas ondas son campos electromagnéticos de distinta frecuencia que transportan energía a través del espacio y se propagan bajo forma de oscilaciones o vibraciones. Al igual que cualquier movimiento ondulatorio, se caracterizan por una longitud de onda y por una frecuencia de emisión. Estas dos magnitudes se relacionan para formar una tercera: la velocidad de propagación. En el caso de la luz, la velocidad de propagación de las ondas es de unos 300.000 kilómetros por segundo.
(…) Pero si hablar de luz es hablar de cómo el hombre ve, es interesante plantear la cuestión de si vemos de la misma manera que se veía tres mil años atrás. Según los expertos, hoy en día se puede afirmar con toda seguridad que la eficacia visual del hombre no ha cambiado durante el curso de su historia conocida, y que tampoco cambiará en el futuro. Podría decirse que la capacidad del ojo humano ha llegado a su límite y que no pueden imaginarse niveles de eficacia superiores a los actuales. Esto no significa, sin embargo, que nuestra percepción sea constante, porque los significados que atribuimos a las cosas cambian a través del tiempo y de los siglos. En las epopeyas literarias de la antigua Grecia, por ejemplo, no hay mucha mención de los colores de las cosas, y algunos estudiosos del tema llegaron a sugerir que la gente en el pasado no veía según que colores, o que los veía de forma distinta.
Hoy sabemos que la capacidad selectiva de sus retinas era igual a la nuestra, pero que el significado y la interpretación que daban a lo que veían eran distintos. El hombre de la época de Homero consideraba el contraste entre luz y oscuridad mucho más importante que el contraste entre un azul claro y otro oscuro; el color se veía como un paso en la dirección de estos conceptos absolutos: la presencia o la ausencia de luz. Prescindían de matizaciones intermedias. El azul claro era el día y el oscuro la noche.
En la actualidad, alcanzados ya unos niveles de iluminación mucho más altos, nuestra interpretación de los colores, de lo que vemos, ya no se plantea en términos tan absolutos. De todas formas, es interesante recordar cómo en Inglaterra y otros países del norte prestan mucha más atención al aprovechamiento de la luz diurna que en los países mediterráneos. Esto se debe sencillamente a que en el norte tienen menos horas de luz solar y que ésta es menos intensa. Están, pues, acostumbrados a tratar con respeto a tal comodidad escasa.
La historia de la luz es, en gran medida, la historia de la iluminación. El sol, necesariamente, es la fuente de luz inagotable, sin la cual no habría vida en el planeta, y de una intensidad tal que es imposible mirarla directamente sin riesgo de quemarnos la retina. Cuando de niños nos damos cuenta de este hecho, percibimos también por vez primera la enorme fuerza de este astro.
El hombre primitivo veía, al caer la tarde, cómo se le acababa la luz y quedaba reducida la jornada. De noche, en la oscuridad, apenas podía hacer nada y por lo tanto estaba obligado a sincronizar todas sus actividades con las horas de luz solar. Seguramente fue así durante muchos miles de años, hasta el descubrimiento del fuego. Nadie sabe dónde, cuándo, ni cómo se produjo este hecho, pero fue un hallazgo de enormes ventajas para la vida simple del clan tribal. El hombre troglodita, con el fuego, se sentía acompañado, podía ver de noche, cocer sus alimentos y espantar a las fieras; había conseguido alargar el día a su antojo. Alrededor del fuego se reunía la gente y pronto se convirtió en el centro de los rituales y las ceremonias sagradas. Fue el primer medio de iluminación, la primera luz de la historia.
A partir de ahí vinieron las antorchas, los recipientes de piedra con grasa animal y una primitiva mecha, las candelas de sebo y aceite, las velas de cera y, más recientemente, las luces de gas. Pero no fue hasta el descubrimiento de la electricidad y de la bombilla incandescente que la historia de la iluminación dio un tremendo salto cuantitativo y cualitativo hacia adelante.
(…) Cuando Edison aparece en escena, los problemas básicos de la iluminación estaban solucionados, pero aún no existía la bombilla barata, de larga duración, que pudiera utilizarse con suministros de corriente de alto voltaje y susceptible de fabricarse en grandes cantidades. Utilizando el mismo principio que había guiado a sus predecesores (a saber, que cuando una corriente eléctrica recorre un cuerpo lo calienta, y que por lo tanto debería ser posible encontrar un conductor que se calentara hasta la incandescencia, pero sin fundirse), experimentó incansablemente para mejorar los resultados conseguidos hasta entonces. El 21 de octubre de 1879 consiguió la primera lámpara con posibilidades de utilización masiva. Consistía en un filamento de algodón carbonizado, cuyos dos extremos estaban conectados a dos electrodos conductores, y todo ello introducido en un recipiente de cristal al que se había practicado un vacío total. Esta bombilla permaneció encendida por espacio de 45 horas y, al poco tiempo, el propio Edison la perfeccionó hasta que alcanzó una duración de 600 horas.
A partir de ahí, la Edison & Cia. se propuso montar todo un sistema para llevar la electricidad a cualquier lugar que la necesitara. Este sistema incluía cables, transformadores, contadores, enchufes e interruptores. En 1880 introdujo la bombilla roscada, muy parecida a la que se utiliza hoy en día, y que permitía un fácil manejo de la misma por el gran público, y en 1882 instaló el primer servicio regular para iluminar hogares domésticos. En un principio se instalaban muy pocas bombillas en cada casa, y hay gente en España que recuerda aún el tener una sola bombilla en la cocina y muchos metros de cable; la luz se transportaba de un lugar a otro de la vivienda según las necesidades de cada momento.
A principios de siglo, la bombilla incandescente entra a formar parte de la vida cotidiana. Se ha acabado la época de los grandes descubrimientos, y los discípulos de aquellos inventores de finales del siglo diecinueve se limitan a perfeccionar el legado de sus abuelos. De todas formas, se han producido mejoras de importancia incuestionable. En los años treinta aparecieron las primeras lámparas fluorescentes y a finales de los cincuenta las bombillas halógenas. La eficacia luminosa (la cantidad de luz por energía consumida) se ha incrementado al usar filamentos metálicos en lugar de carbono, y la duración de las bombillas se ha extendido hasta miles de horas.
Aunque el motor de combustión y los avances de la química han contribuido de igual manera a los cambios en nuestra forma de vivir, la introducción de la electricidad fue experimentada con una carga simbólica y una intensidad sin paralelo en la época moderna. El desarrollo de la electricidad por cable, de esa enorme infraestructura que efectivamente cambió el mundo, despertó la sensibilidad de sus contemporáneos. Era un fenómeno impalpable, misterioso, casi mitológico.
Quizá en la actualidad, cuando este fenómeno está ya totalmente asumido, lo que sigue siendo impalpable, misterioso e intangible es la luz.
A pesar de la enorme variedad de lámparas de todos tipos, formas y tamaños que existen ahora en el mercado, el iluminar nuestras casas de forma satisfactoria sigue siendo un problema. Y en según qué momentos preferimos la luz de una vela a la de la más sofisticada lámpara barroca, rústica o moderna. No existe una tradición arraigada de apreciación cualitativa de la luz, de sus distintos efectos según donde esté colocada, según sea la intensidad, su color, su campo de acción. Un espacio puede cambiar totalmente según sea su luz; podemos calentarlo o enfriarlo, hacer que parezca más alto o más bajo, unirlo o fragmentarlo. Nuestra apreciación de la forma depende de cómo la luz se refleja en ella.
Una aproximación meramente funcional al problema de iluminación doméstica sólo tiene en cuenta los niveles de uniformidad y adolece de poca sensibilidad respecto al entorno. La aproximación sentimental puede ser aún peor; las lámparas se escogen porque son del “estilo” de la decoración, sin tener en cuenta para nada el tipo de distribución de luz que se requiere.
A fin de cuentas, se trata únicamente de hacer más agradable el espacio que habitamos. Por ello, nada mejor que olvidarnos un poco de las lámparas y fijarnos más en la luz.