La Casa del Pirata

Raúl Sánchez recupera la casa palaciega de un corsario catalán del siglo XIX y la interviene con su estilo contemporáneo y radical. Entre molduras, papeles, techos policromados y retratos familiares, la enigmática Zeleste encuentra su sitio.

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Mataró

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España

Fotografía:

José Hevia

En la Rambla de Mataró hay una casa de fachada rosa: es una antigua construcción de estilo palaciego que originalmente perteneció a Antoni Cuyàs, un temido navegante del siglo XIX. El corsario compró dos casas a su vuelta de sus viajes por el mar, allá por 1865, las unió y encargó a unos artistas italianos de la zona que le proyectaran una vivienda a semejanza de los palacios que había conocido por Argentina.

Tras varias generaciones, desgates y deformaciones, hoy la casa ha recuperado su esplendor gracias al estudio de arquitectura Rául Sánchez Architects. Por supuesto, se han puesto en valor las piezas originales que aún se conservaban (incluso se han dejado las grietas en las paredes y las marcas en los suelos), pero también se ha apostado por una nueva narrativa. La intervención se concentra en tres de sus estancias más emblemáticas: el vestíbulo, el comedor y la llamada sala del pirata (catalogada como patrimonio), que lucen ahora renovadas pero no desde la nostalgia. De hecho, el requisito del actual dueño (un diseñador tataranieto del pirata) era poder vivirlas y disfrutarlas desde la cercanía y la funcionalidad.

El arquitecto comenzó unificando la sala principal con un zócalo perimetral en acero inoxidable (un guiño como el material con el que se fabrican las espadas y los cañones) que resuelve los espacios de trabajo, el sofá y los armarios. Un único gesto continuo y una única textura. Por encima, se conservan los papeles pintados originales, se recolocan las pinturas familiares y el techo policromado vuelve a adquirir protagonismo; por debajo, el suelo original de barro se recupera y se trata.

Con la intención de trabajar con y no contra el tiempo, más de un siglo después, Raúl ha desplegado los tonos densos y fuertes propios de su estudio, piezas a medida y diseño, como en un contraste de estilos y tensiones. El resultado es una superposición de capas y materiales donde los registros del pasado y el peso histórico de la casa se refrescan con remates, encuentros, mobiliario y colores contemporáneos: micromortero, espejo, laca, rojos y amarillos brillantes. Una imagen muy visual y potente de esta mezcla: la chimenea de mármol y el arrimadero original de madera con sus baldosas verdes junto a una gran librería horizontal de metal. “Proyecto de reducidas dimensiones pero de gran ambición, ahora es un espacio que reconoce su pasado y su historia y los transporta a la contemporaneidad”, remata el arquitecto.

Zeleste 1969, Àngel Jové, Santiago Roqueta