Celebrar lo técnico y construir un hogar

Una crónica de Rocío Ley, con fotos de Adrià Cañameras.

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Subo hasta la cuarta planta a pie para no perderme nada (de lo que pueda suceder en la escalera). Durante el ascenso me parece oír una misa cantada. En este edificio cohabitan talleres, almacenes y varias iglesias de diferentes confesiones, pero de eso me enteraré más tarde. Estamos en Sant Adrià de Besòs, una ciudad (aún no gentrificada) en la periferia de Barcelona con un marcado pasado industrial. Aquí es donde el joven estudio de arquitectura Atienza Maure junto a Giagchico (Giulia Amos y Agustín Iglesias) y Abel Iglesias han creado La Nave, un antigua imprenta de 450 m2 que ha recibido el premio FAD de interiorismo 2025. Anoche, Santa & Cole junto a los arquitectos, el propietario y diseñadores y amigos de la casa, celebraron un encuentro muy especial en torno a la luz. Este lugar aparentemente duro y frío se caldeó con las suaves luces de la marca. Nos sostuvieron y acomodaron.

Nada más entrar, un largo pasillo, una Colilla de 20 metros sobre mi cabeza y, en la sala principal, una enorme maceta central llena de plantas. A las plantas se las ve contentas, a los invitados también. Todo queda a la vista, nada se disimula. Vemos los conductos, los cables de las lámparas, la cocina abierta, la preparación de los platos, el interesante paisaje urbano tras las enormes cristaleras, los saludos y las sonrisas.

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La Nave es el encuentro entre lo técnico y lo doméstico. Sobre una planta abierta, el diseño se basa en el uso de sistemas prefabricados y de bajo coste y en la adaptabilidad total. “La funcionalidad a disposición de la belleza, y no al revés”, dice Agustín Iglesias, propietario de La Nave. No lo tengo tan claro. La materialidad y la expresividad aquí son tan fuertes, casi tanto como las soluciones económicas y el fácil montaje. Entre una obra de bricolaje y una nave espacial, la arquitectura es modular, fluida y flexible, y va creciendo y modificándose con el uso. Es casi un organismo vivo a base de plataformas, pasarelas y escaleras, acero, madera contrachapada y hormigón, perfiles, tuercas y tornillos, tableros, dispositivos, cabinas, cajas. No hay pilares, es una gran estructura ligera. Todos los espacios tienen doble circulación.

Reapropiándose de elementos baratos y casi podríamos decir no diseñados, con piezas sencillas para que pudieran ser ensambladas por cualquier persona, han (auto)construido este lugar híbrido, extraño pero atractivo del que no te quieres ir. Con lo mínimo, lo máximo. “No había distancia entre la ejecución y el pensamiento”, continúa Agustín. “Bueno –matiza uno de los arquitectos–, hubo mucha planificación previa que dio lugar a mucha libertad posterior. El proyecto fue avanzando en obra y los detalles se fueron definiendo de manera natural”, aclara. Esa intuición, esa espontaneidad, explican también el edificio, como si hubiera otra manera de contar y de pensar la arquitectura, es decir, este otro lenguaje doméstico tan poco común que celebra lo técnico y exhibe las uniones. En este entorno, la Básica, la Tatu Alta, las Shiro, la Alterna o la Cirio múltiple parecían sentirse bien, como en casa.

“La funcionalidad a disposición de la belleza, y no al revés”

Agustín Iglesias, propietario de La Nave

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Durante la cena se comenta lo ingenioso del proyecto. “Vamos a atemperar poco a poco”, asegura la chef Laura Veraguas cuando nos explica el menú. Pienso en las Sylvestrinas de la mesa, que hacen lo mismo con el ambiente. Los platos, siguiendo el espíritu de la noche, son esenciales: extracciones de puerro y de manzanilla, pocos ingredientes, esferas y patatas, especias. Anoche no se escondió nada, se elogió el disfrute. Lo que más me gustó fue la honestidad y cercanía general, una naturalidad a menudo tan impostada pero pocas veces real. De la manera de hablar del dueño y de los arquitectos, de la compañera que tenía a mi lado, de la comida sin mucha floritura (“Tenéis que mojar el pan en el aceite”), de la arquitectura y los materiales que nos envolvían, de la luz cálida y placentera que nos acompañó y nos retuvo suavemente domesticando el espacio.

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Crónica del encuentro de Rocío Ley