André Ricard. Diseño en uso
Soluciones ingeniosas a problemas cotidianos. André Ricard revolucionó el diseño español con su práctica sencilla y al servicio de las personas. Una exposición en el Madrid Design Festival reivindica su obra.
El mundo del diseño no puede entenderse sin la figura de André Ricard (Barcelona, 1929). El cat
alán es uno de los mayores exponentes del verdadero diseño, ese del día a día, el que está integrado en nuestra cotidianidad, el que nos acompaña casi imperceptible y, por todo eso, funciona tan bien, porque precisamente cumple su función. Sencillo, práctico y preciso, sí, pero también visionario. Es también uno de nuestros autores más importantes y admirados, cuya sensibilidad y pensamiento han enriquecido nuestro catálogo.
Hasta el 3 de mayo una exposición en el marco del Madrid Design Festival reivindica su obra. En el Centro Cultural de la Villa Fernán Gómez y bajo el título “Diseño en uso”, la muestra hace un recorrido por su carrera y sus grandes hitos, desde los frascos de las colonias Puig, el envase de detergente Norit, la pinza antipolillas Orion, el cenicero Copenhagen o la antorcha olímpica de Barcelona 92. Aquí no hay vitrinas; las piezas están presentadas en su contexto, es decir, en cada estancia doméstica para las que fueron pensadas: la mesa, el baño, la cocina, el estudio. La intención es revelar lo esencial de cada una y destacar la atemporalidad (mucho antes de que esta palabra perdiera el sentido por el sobreuso) de unos objetos que siguen formando parte de nuestra vida. Objetos no solo que perduran y que seguimos usando, sino que hoy, 60 años después, siguen siendo de una rabiosa actualidad.
En una España inmóvil marcada por la dictadura y en la que todo estaba por inventar, Ricard fue una rara avis y entendió el diseño como una herramienta de progreso, siempre al servicio de las personas. “Diseñar significa dotar a los objetos de nuestra vida cotidiana de las formas más sensatas y simples para que cumplan óptimamente la función a la que se les destina”, afirmaba.
Todas sus creaciones (hasta el cepillo de dientes, a todas les otorgó el mismo valor) nacen de la observación de un problema real, de darse cuenta de que algo no funcionaba o podía mejorarse. Son soluciones ingeniosas a nuestros pequeños (o no tanto) malestares cotidianos. Por ejemplo, le gustaba leer en la cama y, con la intención de hacerlo sin molestar a su mujer, nació de ese gesto tan bello e inocente la lámpara Tatu (1972). Desenfadada, despreocupada y llena de color, destaca su cuerpo mecánico concebido en tres partes que pueden rotar de manera independiente, lo que facilita su practicidad y su uso versátil en diferentes espacios y momentos del día, así como su luz regulable en intensidad y apertura focal.
También editamos la luminaria Fontana (1970), un homenaje al artista Lucio Fontana. De la misma manera en que el pintor rajaba sus óleos, Ricard también parece rasgar esta media esfera, lo que proyecta una iluminación periférica con luz indirecta. Futurista y escultórica, es toda una declaración de intenciones.
Desde la honestidad y la austeridad, con la convicción de que la forma (y la estética) sigue a la función, Ricard junto a su coetáneo Miguel Milá revolucionaron el diseño español y pusieron a Barcelona en el mapa como referente de la modernidad. Sin grandes gestos, sin florituras, sin imponerse, pero con altas dosis de belleza razonada; sin ego, sin ruido, sin prisa, pero con mucha responsabilidad y compromiso con el diseño y con las cosas bien hechas, pensando en las personas, en nuestro bienestar. El resultado son piezas que no solo no han pasado de moda, sino que hoy forman parte del imaginario colectivo.
Tan simple (y tan difícil) como esto: sobre la ética del diseño.