Miguel Milá y André Ricard: Ser diseñador es una forma de vida

Los barceloneses Milá y Ricard pertenecen a una generación de exploradores de tierras desconocidas, cuando el diseño era una palabra sin sentido y el proceso creativo algo por describir. Sin ninguna duda, Miguel Milá (1929) y André Ricard (1931) son también los artífices de la toma de conciencia del diseño como estrategia de producción en España. Como maestros del diseño industrial, en 1987 ambos fueron reconocidos con el Premio Nacional de Diseño en su primera edición.

Intelectual incombustible, diseñador, profesor, escritor y presidente de la ONG Design for the World, en su prolífica trayectoria profesional, André Ricard destaca por el diseño de la antorcha Olímpica de Barcelona 1992, fecha que también transformó para siempre su ciudad natal. La práctica de Ricard ha perseguido la mejora funcional de los objetos de uso cotidiano en la que prevalecen la ética del objeto y la posibilidad de interactuar con la vida a través de ellos.

Diseñador industrial e interiorista, inventor y bricoleur, algunos de los muebles y lámparas de Miguel Milá han superado las circunstancias en que se produjeron y mantienen hoy día su validez convertidos en auténticos clásicos intemporales. En el proceso creativo su especialidad es actualizar la tradición a su tiempo para hacer la vida mejor, cada día, a través del confort que nos aportan los objetos que nos rodean. Milá ha sido premiado con el Compasso d’Oro o la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes entre otros.

Nos encontramos con ellos en la sede de Santa & Cole con motivo de la reedición de la “radiante” —tanto por su aspecto como por el uso— lámpara Tatu de Ricard, un icono pop de los años 70. Sabios, afables y cercanos, conversamos largo y tendido sobre la relación entre forma y función, utilidad y belleza, así como de cultura y sociedad, ítems inseparables de la actividad de todo diseñador.

Para comenzar me gustaría acercarme a la idea que ambos tienen del diseño: cuando hay un problema o necesidad, el diseño entra en juego “fabricando” la solución. ¿Ambos piensan eso?

André Ricard (AR): Es evidente que ha de haber un problema previo para buscar una solución que lo resuelva. Diseñar es esa búsqueda. Luego, el modo en que se resuelve depende de como cada cual entiende lo que ha de ser diseño.
Miguel Milá (MM): En mi caso el planteamiento comienza en mi mismo. Normalmente no me encargan nada, así que me lo encargo yo. Me he educado en el interiorismo, trabajando en interiores, tiendo a ir resolviendo los problemas que voy encontrando para atender a un confort, a una satisfacción estética. Cuando una cosa me emociona estéticamente ya la doy por válida.
AR: Como decía Miguel, detectar un problema no es tan fácil. La gente se acostumbra a vivir con «problemas». Lo que debe hacer un creativo es precisamente anticiparse, es lo que hace Miguel cuando toma sus decisiones.

«Lo útil es bello»

En el caso de los diseños de Milá, en concreto la lámpara Cesta y todas sus versiones, son un claro ejemplo de forma y función en una simbiosis perfecta: una lámpara transportable, como los antiguos faroles y sus portadores, los serenos. Miguel, ¿qué fue primero el huevo o la gallina? ¿Lo bello resulta útil?, o ¿lo útil resulta bello?

MM: Mantengo que es indiferente, porque si no es útil no es bello. Ha de ser útil seguro, y si acaba siendo muy útil, acaba siendo muy bello.
AR: Permíteme añadir, profundizando en lo que ha dicho Miguel, que la utilidad es la finalidad, la belleza es una consecuencia de haber acertado la utilidad.
MM: Es lo mismo, pero bien explicado… (risas).

Los usos

André, así pues, pensemos en la reedición por Santa & Cole de la lámpara Tatu —o armadillo—, una lámpara con infinidad de usos. Para usted, y conectando con su respuesta anterior, más importante que la función, es la actitud del sujeto ante los objetos: los usos. Creo que es un concepto magnífico. ¿Puede elaborar esa idea de la usabilidad para este caso concreto?

AR: La idea de la lámpara Tatu surgió —volviendo a lo del problema— porque me gusta leer de noche en la cama y esto era una contrariedad, pues a mi mujer no. Había un problema por resolver. Viendo como en los aviones podía leer de noche gracias a un foco que iluminaba solo mi libro, mientras lo demás seguía en la penumbra, me dije: «¿Por qué no puede resolverse del mismo modo en casa?» No era cuestión de poner un foco en el techo, busqué un sistema exento que permitiera direccionar un haz de luz. Este fue el punto de partida de la lámpara Tatu.

Y en el plano de la experiencia del usuario, ¿usted tiene feedback de quién la usa?

AR: No suelo tener contacto con el usuario, pero sí con familiares y amigos que han tenido la Tatu. Por ejemplo, un aficionado numismático me comentó que era perfecta para examinar los sellos de su colección, para ver si tenían defectos ya que era una luz potente y muy concentrada. Tatu aporta un tipo de luz distinta con nuevas utilidades.

Y usted Miguel, ¿qué piensa de la relación del usuario con el objeto?

MM: Es indispensable el uso que hace el usuario del objeto, si no pensara en ello, ni pensaría en diseñar. Veo los problemas que tienen los consumidores y lo que pretendo es resolverlos de una forma amable, simpática, porque los objetos no siempre están en uso. Una lámpara, por ejemplo, está más tiempo apagada que encendida, por tanto, su presencia es importante, tiene que acompañar, tiene que ser confortable su visión, que no moleste, al contrario, que sea agradable. Me preocupa mucho el confort.
AR: Es lo esencial. En las lámparas, cualquiera de ellas, la satisfacción estética que emiten es consecuencia del buen servicio que nos dan. Cuando un objeto presta un buen servicio, lo miras con simpatía, y esa simpatía también forma parte del placer de usarlo.

Cierto, todos sentimos apego por ciertos objetos, sobre todo si nos funcionan bien. Incluso los recomendamos.

AR: Todos tenemos preferidos sin darnos cuenta. Sin ir más lejos, si queremos cortar algo, hay un cuchillo dentro de los varios que poseemos que preferimos a los demás y si lo buscamos es porque es el que cumple mejor su función.
MM: Bueno, es otro tema relativamente, también forma parte del todo, no sé porque la estética se aparta de la cuestión, sostengo que está unida al uso.

Además, es algo muy subjetivo… Siguiendo con la experiencia sensible y personal como en el caso de André, el avión y la Tatu, usted Miguel también se rige por el mismo sistema, ¿primero observa y después resuelve?

MM: Absolutamente, siempre y constantemente. Cuando me preguntan que cuándo diseño, contesto que continuamente. Voy por la calle resolviendo pequeños problemas que no llegan a realizarse pero que resuelvo mentalmente.
AR: Ser diseñador es una forma de ser, no puedes desconectarte, lo eres 24 horas al día.
MM: Y también me dicen: «¿Y aún trabajas a los 87 años? A lo que replico: ¡Pues sí!, todos los días (risas).
AR: Considero que una de las cualidades que ha de tener un diseñador es la capacidad de realizar en su mente una “película” de cómo funcionara en la práctica aquello que está diseñando. O sea, imaginarse como si fuera el usuario y viendo todo lo que pasaría, positivo y negativo, al utilizarlo. Esta capacidad de componer en la mente esta “película” viendo como será el uso de lo que se está creando, es básico para descartar errores e ir en la dirección correcta.

Los clásicos

Cambiando ligeramente de tema, ¿cuándo consideran que un diseño se convierte en un clásico? ¿cuándo perdura a lo largo de los años como es el caso de TMC, TMM y M64 y de Tatu?

MM: Para contestar a esto me referiré a una suerte que dijo un torero llamado “El Gallo” cuando uno de su cuadrilla le preguntó: «Maestro, ¿qué es lo clásico?» —nosotros siempre habíamos entendido que lo clásico era lo antiguo—, a lo que él contestó: «Aquello que no se puede hacer mejor». A mi me gustó mucho esta frase. Pensé que hay que buscar la perfección.
AR: Creo que la permanencia de un objeto en el mercado se debe precisamente a la calidad de su diseño. Puede haber empresas que retiran productos válidos por razones que no tienen nada que ver con la calidad de su diseño, pero lo que se impone y perdura es lo que el público ha apoyado refrendado por la excelencia de su función. Existe una “selección cultural” del mismo modo que existe una “selección natural”, lo que no funciona se aparta, lo que no gusta se aparta y lo que permanece es lo que cumple bien su función.

Siguiendo con el tema formal, ¿el mejor diseño es el que contiene los mínimos elementos, como decía Van der Rohe: “Less is more”?

AR: Hay quien dice: “Less is a bore”. El principio que impuso la Bauhaus se basaba en que con las mínimas formas se pudieran conseguir mejores resultados, tanto funcionales como estéticos. Sigue siendo válido, no hay que complicar las cosas ¿por qué hacerlo complicado cuando se puede hacer sencillo?
MM: Cuando se complican las cosas es porque no se tiene clara la solución.
AR: Exacto, abigarrar es una forma de esconder defectos. La pureza de una solución, es generalmente, señal de una buena calidad creativa.

Filosofía de lo bello: utilidad sutil

Con respecto al tema de la función de un artefacto —objeto diseñado— y el papel que juega la estética, ambos afirman que la funcionalidad en sí es un valor estético. Además, existe la utilidad simbólica de la pieza, lo sutil, y que el placer que produce un objeto, por ejemplo, al mirarlo —por citar alguno de los sentidos— es también es una utilidad. ¿Pueden elaborar un poco más este concepto?

AR: Un producto cuando llega a su perfección funcional es también bello. Hay ejemplos en otros terrenos que relacionan la eficacia con la belleza. Por ejemplo, aun sin entender de golf o de tenis, viendo jugar a varios jugadores, nada más viendo el gesto que realizan unos y otros se ve cual es el que juega mejor. La limpieza de un swing, la armonía de una volea, están en relación directa con la perfección y eficacia del golpe.

¿Y sobre la utilidad sutil?

AR: El placer que proporciona un artefacto se debe en gran parte a que funciona bien. Si al entrar en una habitación hay una lámpara TMM en un rincón, recuerdas lo bien que te ilumina y esto hace que la veas con placer. Existe esta relación muy estrecha entre la satisfacción que da un objeto por su función y el placer de verlo.
MM: Todos los diseñadores que conozco, entre los cuales me incluyo, somos coleccionistas de objetos que nos han llamado la atención. El caso de Castiglioni es de los más memorables, tenía una colección inmensa. Recuerdo que en una ocasión en la que estábamos con él, nos regaló un vaso que estaba formado por dos láminas de acero, dichas láminas, al presionarlas por los lados hacían el gesto que hacemos con las manos para beber agua de una fuente. A mí me emocionó, no estéticamente, sino el ingenio y la simplificación en la ejecución, además me di cuenta de que era bellísimo, era como una especie de cono. Pues resulta que se trataba de un vaso de campaña del ejército americano. ¡Emocionante!, lo tengo todavía en casa.
AR: Miguel tuvo una gran colección de objetos rurales. Los objetos que han creado los campesinos para su necesidad diaria son generalmente excelentes ejemplos de diseño porque han pasado por un proceso de prueba y error hasta encontrar la forma que cumple perfectamente su función. Analizar estos ejemplos crea sensaciones como las que ha descrito Miguel.

¿Posmodernismo?

La crítica archiconocida al movimiento moderno es la falta de espiritualidad y la excesiva homogeneización. Tras el movimiento moderno en arquitectura se han consolidado el deconstructivismo de Wolf Prix o Frank Gehry y más tarde el parametricismo de Zaha Hadid, abogando por las curvas y las formas orgánicas existentes en la naturaleza. ¿Qué piensan de estos estilos?

AR: El movimiento moderno fue muy radical con la aplicación de las formas puras y las líneas rectas. Si bien resultó un poco agresivo, supuso un abandono de la frivolidad que existía hasta entonces, del Art Nouveau, y su gran complejidad inútil en los objetos cotidianos. Había que racionalizar las formas para que funcionaran mejor y dejar de adornarlas con intención decorativa. Se comprende la crítica, pero pienso que las directrices que marcaron la Bauhaus y demás movimientos de aquella época han sido cruciales para la creatividad en todas sus facetas. Sin ir mas lejos, la sede de Santa & Cole, en la que hoy estamos charlando, es un maravilloso ejemplo de ello. Con respecto a lo que se llama arquitectura posmoderna, estéticamente se puede encontrar bella, son edificios-esculturas. El Guggenheim de Bilbao es una magnífica escultura como también lo es la Fábrica Vitra en Weil am Rhein, ambas de Gehry. Luego cuando visitas el Guggenheim en Bilbao, ves que todo ese rutilante edificio es simplemente el hall de entrada del museo. Las salas de exhibición son rectangulares y están colocadas a derecha e izquierda. Es una escultura que a la ciudad le ha ido de perlas, porque ha abierto Bilbao al mundo del arte. Lo cierto es que el museo está colocado en un sitio muy acertado, de modo que desde las calles que se dirigen a él, se le ve en el fondo como una joya brillante. En cambio, desde el punto de vista funcional, el Guggenheim de Nueva York, de Frank Lloyd Wright, es un excelente ejemplo de cómo plantear con lógica un museo. Se parte desde arriba y se recorre bajando en espiral, de modo que se ve toda la colección, sin omisiones. Son dos ejemplos de museo donde se aprecia lo que puede hacer una arquitectura con raciocinio y otra en la que se busca simplemente el efectismo.

¿Y los edificios de Zaha Hadid?

AR: Todo ha de ir en diagonal, en marcha hacia no se sabe donde, lo que complica innecesariamente la construcción, encareciéndola, cuando creo que, si hay medios deberían usarse en otras cosas. No veo justificación alguna desde el punto funcional, es pura estética.
MM: Jean Cocteau decía: «Moda es aquello que pasa de moda». Por ejemplo, Gaudí es un genio al cual admiro, pero es un cursi. En cambio, la arquitectura y el diseño de La Casa Milá (La Pedrera), encargada por mi tío, es admirable. Acústicamente es impecable, aísla todo el sonido procedente de la calle debido a las curvas, los techos y los yesos ondulados, que además de disimular las imperfecciones son obras de arte. Por otro lado, admiro quién hace cosas inútiles, porque yo no soy incapaz, solo hago cosas útiles que sean lo más bellas posibles. Admiro la capacidad de hacer cosas inútiles y bellas.
AR: Pero entonces eso es arte.
MM: Sí, es arte.

¿El diseño tiene más presencia ahora que hace cuarenta años?

MM: Si, creo que Ikea, con sus virtudes y defectos, ha contribuido a elevar la cultura del diseño en todo el pueblo, debido principalmente a los precios —otro asunto es estudiar como se consiguen esos precios—. Uno de los inconvenientes del bajo costo es la corta vida corta de los productos. De cualquier modo, Ikea ha ayudado a que la gente entienda el diseño y deje de comprar copias de muebles antiguos de forma tan afectada.
AR: Tengo la impresión, quizás me equivoque, de que el diseño tal como lo concebimos Miguel y yo, ya no lo permiten las empresas hoy, quieren algo más inmediato. Diseñar cualquiera de nuestras obras no se hizo de la noche a la mañana, pasan meses. El director de una gran empresa me dijo hace poco, que cuando sale al mercado un producto de su sector que es un éxito, se dispone solo de cuatro meses (diseño/producción/difusión) si se quiere aprovechar su “rebufo”, la tendencia que ese producto ha generado. Cuatro meses no permiten hacer ninguna de esas cosas bien.

El diseño está en todas partes

¿En la actualidad el diseño es más versátil, más inclusivo, si quieren más popular, o es simplemente otra faceta más de la cultura material, el poseer por el afán de acumular?

AR: Creo que el diseño no ha pretendido jamás ser elitista. El modo en que se ha aplicado el término diseño a efectos publicitarios es otro tema. El diseño tiene que penetrar todo el tejido social y no limitar su venta a boutiques selectivas. Tendría que estar presente en tiendas como «El Corte Inglés» o similares. El diseño ha de estar en todos los productos y objetos de la vida cotidiana. Cuando visito un país que no conozco, voy siempre a un supermercado para ver la calidad de diseño de los productos más elementales: objetos de menaje, envases, paquetes de azúcar, etc. Observo si los blisters se abren fácilmente. Hay pequeños detalles como el fino hilo dorado en las pastillas Ricola o los chocolates After Eight, que hace que se abra perfectamente. Todo ello dice mucho del nivel de diseño del país.

Plagio u homenaje

¿Cómo afecta el tema de la propiedad intelectual en esta sociedad contemporánea, hiperconectada y de acceso a una cantidad casi ilimitada de información?

MM: En el pasado he sufrido mucho pensando en esto, ya no sufro nada, pienso que si copian será porque el producto es bueno, es casi una satisfacción.
AR: El plagio es la muestra de la máxima admiración hacia algo. Solo se plagia lo que se admira. Es una forma de expresar la admiración, mala sin duda, pero es una forma de admiración.
MM: Lo bueno es quedarse con lo bueno.
AR: El tema de las patentes me preocupó también en el pasado. Cuando empecé, en el año 1951, patenté mi primera silla. Hicimos diez ejemplares y no pasó de allí. Cuesta mucho dinero proteger bien un producto, hay que cubrir todos los países, etc. El placer, la satisfacción, me la produce el hecho de que un diseño mío guste a la gente y dure en el tiempo. Si se plagia, es que ha gustado, casi diría que es un premio que te plagien. Por cierto, hay una forma muy hábil de encubrir el plagio, consiste en llamarlo “homenaje a…” (risas).

Así pues, ¿creen que sirve en diseño la apropiación, reinterpretación, incorporación, revisión, incluso la parodia de los diseños de otros? –Aclaro que es una práctica muy habitual en el arte contemporáneo, disciplina con la que el diseño comparte tantos puntos de fricción.

MM: En el fondo todos copiamos, porque vamos aprendiendo unos de otros.
AR: Yo no emplearía el termino copiar, es cierto que todo surge de algo. Las ideas que uno produce tienen que haber entrado en nuestra mente de alguna manera, porque no se puede sacar nada que no haya entrado antes, a menudo de modo inconsciente: una imagen fugaz, un recuerdo, un sistema, todos aplicamos sistemas existentes. Un mecanismo complejo o una simple pinza de la ropa de madera sugieren cosas, inspiran, eso no es plagio, es aprovechar los descubrimientos que la especie humana ha realizado, aplicándolos y adaptándolos a los diseños propios. Lo del homenaje es distinto, por ejemplo, se puede realizar un objeto que tiene exactamente la forma de otro, si se le llama homenaje, uno queda disculpado.

Para acabar, ¿el diseño en su rol social es un espejo de los cambios en la sociedad?

AR: El diseño es eterno.
MM: El diseño ha existido siempre, por lo tanto, es absolutamente indispensable en la vida.

Entrevista por Marí­a Muñoz

Fotografía Adrià Cañameras

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